… y de su relación con el arte.

Muy pocas veces nos detenemos a pensar en lo que necesitamos para mantener el motor andando. Y es que es un tema tan simple y tan complejo a la vez que muchas veces preferimos dejarlo de lado. Hablar de comida no es sólo compartir recetas, es también hablar de migraciones, colonialismo, industrialización, elitismo, construcción del gusto, nutrición. En la mesa se prestan las condiciones para la generación de ideas y la transformación de la sociedad (para bien o para mal).

A todo el mundo le gusta comer bien. Y qué mejor si la comida viene con una buena experiencia. Para generar situaciones dignas de recordar, es menester combinar meticulosamente una serie de elementos que inviten al comensal a regocijarse. Y todo eso es un arte del que muy pocas veces hablamos. Quizá por su carácter temporario y personal, pero las disciplinas culinarias han sido casi siempre dejadas al margen del sistema de galerías o centros culturales. Sin embargo, poco a poco encontramos excepciones que vienen a replantearnos la influencia que tienen los alimentos en nuestra vida cotidiana.

El caso más sonado recientemente es el de Ferran Adrià, su increíble genio creativo, el interés que genera en la prensa y su participación en Documenta 12 en el 2007, en el que durante la duración del evento, mantuvo reservada una mesa en su restaurante en la Costa Brava española. Cada noche, una pareja seleccionada por un curador, era transportada en avión desde Kassel hasta la puerta de El Bulli, donde serían partícipes del menú diseñado con anterioridad por Adrià. “La cocina no puede ser elevada a categoría de musa. Es una disciplina artística que requiere su propio lugar” menciona el renombrado chef.

En otras latitudes, comienzan a surgir iniciativas que apuestan por combinar arte y cocina de una manera que espero muy pronto se conviertan en norma. En Bratislava, por ejemplo, el grupo Zedz ma! (cómeme) organizaba cenas sorpresa para sus socios. La idea es reservar con anticipación, y a cierta fecha convenida, te iba a ser entregada la hora y locación del evento. Una vez allá, cada plato del menú sería una nueva intervención y la experiencia era complementada con música y decoración que iban sobre el mismo tema. Las chicas que lo organizaban ahora llevaron la experiencia a Berlín al parecer con gran éxito.

Una experiencia similar ha sido organizada en Rennes, en Francia. Sólo que esta vez, son los artistas que organizan pequeñas cenas en la casa de alguno, y de esta manera, generan fondos para realizar sus proyectos artísticos que casi siempre escapan de las becas (performance, instalación, etc). En una cultura que cada vez gira más hacia el crow-funding y las propuestas autosustentables, esta idea me pareció genial para llevar a cabo. El concepto lleva ya un rato funcionando en la ciudad de Detroit.

Y hablando con el mismo entusiasmo, la semana pasada me enteré de que he sido seleccionado para una residencia en Pilsen (república Checa), que será capital europea de cultura el año próximo. El proyecto que envié, tiene mucho que ver con esta ola de iniciativas que combinan la comida con arte e interación de la comunidad. El objetivo es traer vida a un antiguo balneario en el centro de la ciudad que ha caído en desuso y que los locales quieren revitalizar. Mi objetivo es construir un horno de barro y un asador, para así organizar cenas que reinterpreten la cocina checa. Un poco más de información la podrán encontrar en este vídeo.

Por otro lado, un fenómeno que no hay que pasar de largo, es el de la instagramización de la comida. Existe mucha controversia acerca de nuestra reciente obsesión por documentar y compartir todo lo que nos llevamos a la boca. Por un lado se dice que mantener nuestra atención en el mundo virtual, le resta puntos a la experiencia, además de que molesta al resto de los comensales. Otros defienden el poder que la tecnología ofrece, pues al final de cuentas, son los clientes los que pagan. De hecho, algo muy similar sucede con el arte… internet una vez mas, esta cambiando la forma en como percibimos el mundo.

Una pequeña anécdota para cerrar. Recuerdo una vez que fuimos seleccionados para presentar un proyecto en la Bienal de Venecia de arquitectura. Luego de terminar con el montaje, salimos a ver los otros pabellones y al final de la tarde, nos dirigimos de camino a casa. En una callecita perdida de esas que abundan en Venecia, pudimos ver el logo de la Bienal y luego de corroborar en el mapa, nos dimos cuenta de que se trataba del pabellón de Georgia. Luego de debatirnos entre si entrar o pasar de largo, nos decidimos a explorar las paredes vacías del departamento. No había ni siquiera el típico guardia gruñón, pero las puertas estaban abiertas de par en par. Al fondo se escuchaban ruidos y decidimos al menos arriesgarnos a que nos dijeran que no podíamos estar ahí. Luego, vimos a través de los cristales que una gran fiesta estaba sucediendo al interior. Cuando se dieron cuenta de nuestra presencia, fuimos invitados a pasar y entre malas traducciones, nos percatamos que los que celebraban eran de hecho los jefes de la sociedad de arquitectos de Georgia. En una situación tan absurda que no pude evitar pensar en las crónicas de Sergio Pitol, nos comunicaron que la participación de su país para la fiesta internacional de la arquitectura era precisamente esa, una fiesta. Alrededor de una mesa, brindamos con vodka y comimos delicias venidas de lejos, no pudimos abstenernos de bailar y compartir. La mesa como generadora de ideas y experiencias ¡Qué brillante y cínica ocurrencia!